Cuentos Sociales – “Pirito”



En 1980 contaba con ocho años y fue el momento en que inicié un interés en tener animales como mascotas. Como era común, se consideraba ideal tener un perro, no obstante mi padre se oponía debido a que de joven vivió una mala experiencia teniendo un cachorro. Andando en una bicicleta, con cachorrito en manos, se le cayó y accidentalmente, al atropellarlo, le dio fin a la existencia del desdichado animal.
Otra de las razones era que mi papá entendía que cuidar de un perro conllevaría una vigilancia constante, aseo y la clásica recogida de excremento. Con esas dos razones bastó para declinar mi entusiasmo con aspirar a tener uno.

Mi mamá había respetado la decisión de mi padre, sin embargo me animaba a que podría aspirar a otro tipo de mascota.

Un día me enviaron de regreso a casa ya que el colegio optó de un momento a otro, contratar de urgencia los servicios de una fumigadora. Se daba el caso que de los diseminados árboles en el patio de recreo, emanaban unos diminutos insectos que generalmente se las arreglaban, no sé cómo, para caerle a uno en los ojos y eso provocó el masivo despacho.

Mi mamá al verme llegar con un tutor, me preguntó el por qué de mi repentino regreso. Le expliqué la razón y entonces me pidió que la acompañara al mercado. Me cambié de ropa y en tono bien animado me dice:

-“Vamos a aprovechar la ida al mercado para que puedas elegir una mascota”.

-“Una mascota en el mercado mami?!”, pregunto escéptico.

-“No comas ansias. Ya veras”, me dice.

Compramos parte de la comida de ese día y al retirarnos no veía por ningún lado un lugar donde hubiera animales y me estaba preocupando:

-“Mami ya compramos lo que necesitamos. Dónde están las mascotas?”.

-“Te dije que camino al mercado iríamos a un lugar. Entremos a este colmado para comprar otras cosas”.

En un área dentro del establecimiento había una caja de bacalao que había sido convertida en un nido de pollitos gringos. Una mirada rápida me hacía entender que mínimo habían congregados allí más de 40.

Como si se tratara de una desigual orquestación, los pollitos piaban a más no poder y se me acerca mi mamá ofertándome:

-“Te gustaría tener un pollito como mascota?. Tu papá no se opondrá ya que lo único que tienes que hacer es darle de comer maíz”.

-“Sí!, quiero uno!”, digo bien animado.

Llega el dependiente y obviamente sin preguntar, elije uno al azar, ya que todos eran prácticamente iguales.

Llegué contentísimo a mi casa con mi pollo gringo. Decidí llamarlo ‘Pirito’. El nombre fue inspirado en los constantes píos del ave.

Con el tiempo ‘Pirito’ fue creciendo y desarrollé un cariño incalculable hacia mi pollo. Le daba de comer a sus horas y hasta llegué a bañarlo y perfurmarlo en reiteradas ocasiones. El animal conocía ya mi voz y hasta mis pasos al llegar del colegio y a la hora de mis tareas, mi pollo al lado!.

En su crecimiento, a Pirito le dio moquillo y ese evento me entristeció ya que pensé se moriría, pero por fortuna, un señor allegado a la familia logró curarlo. No sé si existe un récord documentado de una franca interacción entre un humano y un pollo, sólo puede dar fe y testimonio de que Pirito me entendía perfectamente.

Al llegar a su máximo crecimiento, al ave había que cortarle con frecuencia las alas ya que en sus vuelos cortos, a veces se pasaba a una de las casas vecinas y es allí donde comienzan los problemas:

-“Bueno yo no sé qué se va a hacer con ese animal. Casi a diario hay que ir a buscarlo a casa ajena y yo no quiero estar molestando al vecino!”, dice mi papá.

-“Bueno, lo que hay que hacer es cortarle las alas antes de su tiempo”, agrega mi madre.

-“Esa no es la solución. Ese pollo está incontrolable. Además se pasa toda la noche piando aun cuando está en el patio y no deja a uno dormir!”, sigue mi papá en su queja.

-“En eso tienes razón, pero qué se puede hacer?”, pregunta mi madre.

-“Bueno, yo no voy a seguir cayéndole atrás a ese animal en casa ajena. Habrá que llevárselo para Cucama”, sentenció mi papá.

Cucama es un sector ubicado a unos kilómetros en las afueras de la ciudad. Actualmente está más desarrollado, pero en aquel entonces, todo era grandes extensiones de terreno.

Mi padre, hombre de campo, le fascinaba trabajar la tierra y por su experta mano, se daba todo tipo de siembras desde habichuelas, guandules, yuca hasta plátanos.

Resuelto el asunto, hubo que trasladar a Cucama a Pirito. Con ese traslado, ví la forma de ir a visitar mi pollo todos los fines de semana.

El señor que había curado a Pirito del moquillo, ayudaba a mi papá en la propiedad. Supervisaba, cuidaba y daba de comer a Pirito y cada semana que iba al solar, intentaba llevarle alguna fruta en agradecimiento por su gesto.

Pirito se hizo aun más adulto y el cambio de ambiente, le tornó en lo que siempre debió haber sido: simplemente él. Un ave libre de controles humanos. Silvestre en toda la dimensión del término. Ya apenas me reconocía…

El último fin de semana que intenté ver a Pirito, se vio frustrado gracias a un copioso torrencial que inició a tempranas horas de la mañana y se extendió hasta pasadas las doce del medio día.

Mi padre decidió no llevarme tomando en cuenta que no me convenía mojarme si llovía nueva vez ya que ‘me apretaba’ fácilmente.

Al siguiente día, cuando llegué del colegio, encontré en mi casa al señor que ayudaba a mi papá en el solar dialogando con éste en el patio. Saludo al verlo, dejo mi mochila en su lugar y corriendo me dirijo a él:

-“Hola! Dígame cómo está Pirito!. No se mojó, verdad?”, le pregunto preocupado.

El señor me mira con cara de ingenuidad y luego mira a mi padre. Una seña relampagueante lo autoriza a hablar:

-“Mira Marquito, tu pollo se escapó del rejón donde lo tenía amarrado y lo encontré ahogado después de la lluvia. Pero, no te preocupes! Puedes criar otro!”.

Salí corriendo a mi habitación bañado en lágrimas y con un dolor en el alma, que parecía había perdido a un familiar cercano.

Eventualmente, volví a tener varias versiones de Pirito, pero ya estaba entrando en la pre-adolescencia y mis intereses giraban ya en otras direcciones.

Ya adulto, llegué a tener tortugas y un conejo. Cierto día, le relaté a mis padres sobre si se acordaban de Pirito y de forma natural mi papá contestó:

-“Claro que sí. Ese pollo nos dio carpeta aquí con los vecinos. Hubo que decirte que se ahogó en un día lluvioso”.

-“Cómo que hubo que decirme?. Pirito se ahogó al escaparse del rejón papi!”, le digo.

-“Esa fue la versión que se te brindó. En realidad, Pirito estaba desde hace días en tu estómago…”
Por: Marcos Sánchez
Fuente: cuentossociales.blogspot.com

Estudio 08 – Todos los derechos reservados.-

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1 Response to “Cuentos Sociales – “Pirito””


  1. 1 manuel enero 15, 2011 en 10:45 pm

    nnnn


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